El valor de la mujer
Este número del Son de Tambora hace parte de nuestra serie especial de análisis. En esta ocasión, hemos traducido el artículo escrito por Karin Wilkins, Profesor Asociado en el Departamento de Radio, Televisión y Cine de la Universidad de Texas, Austin, para The Drum Beat #273. Wilkins analiza lo que ella identifica como la "sexualización, mercantilización y victimización" de la mujer por parte de las organizaciones de desarrollo.
La serie especial de análisis, cuyos números circulan el primer miércoles de cada mes, pretende divulgar opiniones críticas y generar diálogo. Nos es imposible garantizar la publicación de todos los artículos recibidos, dado nuestro número limitado de ediciones por año. Sin embargo, si desea hacer una contribución, comuníquese con Juana Marulanda - jmarulanda@comminit.com
Muchas gracias.
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EL VALOR DE LA MUJER
Mujeres... ¿para que servimos? Absolutamente para todo. Pero sería difícil creerlo si analizamos el campo del desarrollo. Dentro de la retórica del desarrollo, nuestro valor se expresa en términos de nuestra capacidad de reproducirnos y alimentar a los hijos, familias, comunidades y naciones; de nuestra propensión al consumo; de nuestra posición de víctimas en las confrontaciones violentas. En esencia, nos reproducimos y alimentamos, compramos y lloramos. Pero en realidad, hacemos muchas otras cosas: creamos, consolamos, vinculamos.
En aras de la discusión, me referiré sólo a algunos elementos clave en la pasiva y monolítica caracterización de las mujeres, presente en el discurso del desarrollo. Específicamente, a su "sexualización" en los programas de salud reproductiva y de población; su "mercantilización" en las campañas de comunicación; y su "victimización" en las ayudas de emergencia y las intervenciones militares. Las mujeres, a menudo sujeto y objeto de las intervenciones de desarrollo, son más que sexualidad, reproducción y consumo, y más que las víctimas típicamente retratadas en esos discursos. Espero abrir un debate sobre cómo incorporar estrategias respetuosas, que reconozcan la complejidad asociada al género y a los procesos de cambio social.
En buena parte del discurso del desarrollo, el papel de las mujeres se define a través de sus cuerpos, como criaturas maternales o sexuales. Vale la pena anotar que muchas organizaciones donantes tienden a canalizar los recursos financieros destinados a temas "de la mujer" hacia programas de salud infantil, nutrición, y población. La sensación de que las mujeres sufren pasivamente bajo el peso de su capacidad sexual y reproductiva, debido a sus culturas "tradicionales" es más pronunciada en regiones culturalmente alejadas de los donantes bilaterales. Una aproximación orientalista al desarrollo incorpora supuestos patriarcales, que imaginan a esas "otras" mujeres en roles pasivos que requieren "nuestra" ayuda. La "ayuda" a las mujeres en estos espacios culturalmente lejanos está enfocada hacia la sexualidad de la mujer, a través de programas de desarrollo centrados en intentar controlar sus cuerpos.
Aunque la salud reproductiva puede ser un tema importante, los programas de desarrollo deben ser criticados por concentrarse en ella, a expensas de un amplio rango de otros temas, y por construir una imagen de la mujer como objeto pasivo de las intervenciones, que no se involucra activamente en la toma de decisiones acerca de su propia sexualidad. Pero el problema no es solo que las agencias de desarrollo conciban a las mujeres como víctimas pasivas que requieren ayuda: es que además, las concepciones de la mujer varían a lo largo del espacio cultural, de manera que se justifica que los culturalmente "otros" sean el objeto de intervenciones de desarrollo.
Las campañas de comunicación para el desarrollo también se basan en caracterizaciones pasivas de las mujeres, concebidas como "objetivos" de las intervenciones. El modelo subyacente de mercadeo social asume que los individuos (no las políticas, ni las estructuras) son el objeto del cambio y que el cambio de comportamiento es el objetivo de una intervención. Así, aunque el "producto" que promueve una campaña de mercadeo social no se refiera a un objeto material sino a una idea, a menudo la práctica sugerida, especialmente en programas de salud y nutrición, involucra el consumo de paquetes como ORS, vitaminas, y otros bienes materiales. No es que estemos olvidando otros temas de campaña -como amamantar y hacer ejercicio- que no se centran en la compra de productos tangibles; pero queremos centrar la atención en las bases comerciales sobre las que se crean campañas de mercadeo social. Como extensión de un modelo comercial, el mercadeo social apunta a los consumidores individuales como recipientes pasivos, que solo se vuelven activos para comprar los productos adecuados, que de alguna manera mejorarán sus vidas y las de sus hijos y sus familias. El consumo se convierte entonces, en la forma apropiada para que cada mujer individual se involucre en el cambio social.
Una de las razones de la popularidad del mercadeo social en los proyectos de comunicación dirigidos a las mujeres, es que este marco de cambio social no cuestiona, sino refuerza una estructura global de poder que privilegia a las corporaciones globales. Enfocarse en los individuos como el lugar en que se dan los cambios, nos impide comprender el poder que tiene un colectivo para resistir frente a grupos dominantes como las corporaciones. Por lo tanto, el potencial de las mujeres para organizarse e involucrarse en temas sociales críticos se margina en favor de sus patrones de consumo.
Otro modelo de utilización de los medios para promover el cambio social, el edu-entretenimiento, puede someterse a críticas similares. Aunque las mujeres pueden no necesariamente ser vistas como consumidoras per se como en el mercadeo social, la privatización de esta estrategia de interés público significa que los intereses comerciales compiten con propósitos socialmente benéficos. Las mujeres se convierten en el blanco de estrategias de comunicación que intentan convencerlas de actuar según el modelo en la pantalla, en vez de incentivarlas a ver las dinámicas de género, o a involucrarse en actos colectivos de resistencia frente a la cultura del consumo, o frente a sistemas políticos opresivos. La estructura misma de muchos de estos programas involucra "alianzas" entre la industria privada y las instituciones del desarrollo, que actúan aparentemente por interés público. Esta "alianza" limita el potencial de la comunicación para involucrarse en temas y estrategias más controvertidas. Integrar a estas estrategias productos comerciales en nombre del "bien público", distrae la atención de soluciones potencialmente más positivas.
Las mujeres son a menudo utilizadas como justificación para la asistencia en situaciones de conflicto, particularmente en discusiones sobre ayuda humanitaria y emergencia. En referencias textuales y visuales, se utilizan mujeres que lloran junto a sus muertos y sus hogares destruidos para explicar por qué los recursos deben ser dirigidos hacia determinados territorios. No es que las mujeres no sufran, pero hay otros que también sufren. Los hombres por ejemplo. Sin embargo, las mujeres resultan llamativas como víctimas, debido a que las concebimos en papeles subordinados en la sociedad. Presas de estos estereotipos, perdemos el sentido humano del dolor y el sufrimiento. Los derechos de las mujeres pueden convertirse en pretextos para proyectos de desarrollo, lo mismo que para intervenciones militares. La retórica utilizada por los Estados Unidos para explicar la intervención en Afganistán, similar a las justificaciones de muchas instituciones de desarrollo que hacen inversiones allí, pone en primer plano la situación de la mujer como objetivo y como justificación.
Las instituciones de desarrollo y de otros sectores del gobierno explotan los temas de las mujeres para desarrollar sus propias agendas. Pero dentro de esta estructura existe un potencial para la resistencia. Tendemos a polarizar los procesos de desarrollo como jerárquicos o participativos, dirigidos a dominar comunidades de individuos pasivos o que involucran participantes activos respectivamente. Son justas aquellas críticas al campo del desarrollo que hacen ver los supuestos patriarcales que rigen intervenciones de instituciones poderosas, impuestas a grupos menos poderosos. Quienes abogan por la participación hacen una importante contribución al argumentar -con base en la ética y la efectividad- a favor de contextos de implementación respetuosos e informados. De muchas maneras, nuestros intentos de entender los roles de las mujeres en los procesos de desarrollo encuentran resonancia en estas interpretaciones más amplias del campo. En algunas de las aproximaciones, las mujeres son sólo objetivos pasivos de las campañas, mientras que en otras, las mujeres son participantes activas, aunque usualmente como miembros de las comunidades receptoras y no como funcionarias contratadas, pagadas y con autoridad, dentro de las organizaciones de desarrollo.
Sin embargo, muy a menudo esta discusión se polariza, simplificando dinámicas complicadas en los mismos tipos de dicotomías que han sido objetos de crítica: modernidad vs. tradición; arriba-abajo vs. abajo-arriba; aproximaciones al desarrollo dominantes vs. participativas. Los procesos de crear, implementar y evaluar las políticas y programas de desarrollo son mucho más complejos que lo que estas categorías simplificantes permiten ver. Sin embargo, comprender las dinámicas más amplias del poder es un componente crítico de este proceso. En este sentido, la teoría feminista nos permite formarnos una idea sobre las estructuras de poder que operan en los contextos transnacionales, institucionales y sociales. Yendo más allá de estrategias puramente simbólicas de "participación" de la mujer a nivel de comunidad, ¿cómo pueden los programas de desarrollo incorporar más seriamente los principios del feminismo global, respetando la diversidad de cultura, clase, raza y más, basándose en la experiencia compartida de la opresión?
Karin Gwinn Wilkins
Profesor Asociado del Departamento de Radio, Televisión y Cine
Universidad de Texas en Austin
kwilkins@mail.utexas.edu
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OPINE SOBRE EL TEMA EN TOMADO EL PULSO
Las organizaciones de desarrollo utilizan estereotipos de género más que luchar contra ellos.
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Este número del Son de Tambora expresa un punto de vista personal; ha sido escrito y firmado por su autor. Las opiniones que aquí se expresan reflejan su pensamiento individual y no necesariamente, el de La Iniciativa de Comunicación o el de sus socios.
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El Son de Tambora pretende cubrir una amplia gama de actividades acerca de la comunicación para el desarrollo. La inclusión de un tema o idea en el boletín no implica apoyo o acuerdo de los socios.
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